domingo, 12 de febrero de 2012

Purgatorio. Preludio silencioso


prologo

Cae la noche y las luces de la oscura ciudad se encienden con los primeros copos de nieve. Es invierno, al menos en lo que va de día, y como producto de alguna broma pesada creo que estamos en navidad. El que de tanto en cuando aparezca algún tipo vestido de Papa Noel y la decoración que adorna los escaparates de las tiendas así lo indica.

¡Odio la navidad! Con su permanente cantinela de paz y amor. Con sus eternas y pesadas canciones con letras que hablan de alegría y felicidad. ¡La felicidad es un recuerdo y no todos podemos tenerlo! Prefiero el carnaval, es más fácil pasar desapercibido. Mañana quizás sea carnaval.

Alzo la vista hacia el cielo y entre los densos nubarrones puedo ver el titilar de algunas estrellas. En realidad su luz es tan falsa como las joyas expuestas tras el cristal del escaparate delante del que estoy detenido, pero eso ¿a quién le importa? Al otro lado de la calle, en la esquina junto a la cafetería, un grupo de personas hablan alegremente. Parece que esperan a alguien antes de entrar en el local. Durante un momento me digo que yo también podría cruzar la calle, acercarme hasta el sitio y tomar un café. Charlar con el camarero, leer algún periódico e incluso pedir algo para comer. Sí, podría, pero ¿cuál sería el beneficio? Yo sé que nada de ello es real, ni el frío de la nieve, ni el calor reconfortante de un trago de whisky, ni siquiera el preciso momento en el que toda esta gente cree vivir. Ellos desconocen la verdad. Yo no.

Estoy aquí para ocuparme de un asunto y debo evitar cualquier distracción. Una de ellas casi me cuesta lo mío en Oscuro Bangkok. Aquel maldito Juez estuvo a punto de atraparme y faltó muy poco para que lo lograra. Pero conseguí escapar y desde entonces ninguno de esos jodidos Purgaritas ha podido darme caza. No me obligarán a volver a dormir y no se quedarán con mi alma.

He de repasar los puntos claves del plan. Primero, encontrar un Páramo. Eso será lo más fácil, basta con buscar cualquier zona oscura y sombría en la ciudad. Después, localizar un Superviviente. Algo más complicado pero que no debería llevarme mucho tiempo. Más tarde, utilizarlo de cebo para atraer a un Esclavista. Ya he usado esa táctica con éxito otras veces. Finalmente y cuando éste último venga a cazar a su presa, eliminarlo. Así de simple. Hace tiempo me juré exterminar a todos los de su calaña que pudiera encontrar y las marcas en las cachas de mi fusil así lo atestiguan.

Debo ponerme en marcha y lo hago en dirección a una esquina no muy lejana donde la luz se atenúa y la oscuridad es mayor. En el trayecto me cruzo con transeúntes que se dirigen hacia su destino. Ninguno se fija en el arma que cuelga de mi hombro. Nunca lo hacen.

Camino hacia el callejón y observo a un tipo que habla animadamente por el móvil acerca de algo relacionado con un regalo y una sorpresa de fin de año. ¡Pobre estúpido! Más le valdría aprovechar el instante. Dentro de un segundo podría estar aullando de dolor. Llego hasta la esquina y me detengo brevemente revisando el recorrido. La acera de la calle, lisa y cuadriculada, da paso a un empedrado de viejos adoquines sucios y mal colocados. Las paredes a ambos lados parecen curvarse hacia el interior estrechando aún más el espacio entre ambas. La calle asciende sinuosa y termina en una curva a la izquierda. Me adentro en ella con cautela. De repente, los edificios, su fisonomía y distribución se transmutan ante mis propios ojos. Esta noche alguna Tejedora está echando horas extras y algún millar de desgraciados deben estar agonizando no muy lejos de aquí. Sus memorias serán succionadas, sus recuerdos arrancados y sus vidas se habrán derramado a borbotones y estarán siendo bebidas por una de esas perras hacedoras. Debo estar alerta. Las imágenes a mi alrededor tiemblan un instante, después las formas se reajustan y la quietud vuelve a ser la dueña del lugar, más oscuro y tenebroso que hace un momento. Donde antes había una calle ahora hay un estrecho y largo pasillo.

Estoy acostumbrado a estos fenómenos, a cada uno de los cambios en la cara que este maldito mundo me quiere mostrar en cada ocasión, por eso no me inmuto y sigo concentrado. La oscuridad se ve rota de forma intermitente por los destellos de una única luz al fondo. La de una lámpara fluorescente que aún permanece en el techo. El lugar parece desierto. Una ligera capa de polvo se extiende por él, en el suelo hay papeles tirados y en las paredes, cada pocos metros, aparece una puerta con una estrecha ventanilla. Al echar un rápido vistazo a través de ellas no veo más que oscuridad.

Avanzo por el pasillo empuñando mi fiel Beretta, con el silenciador puesto, y tras unos segundos llego hasta un mostrador en el que hay una mesa de oficina y una desvencijada silla. Algunas carpetas, con lo que parecen informes médicos en su interior, están apiladas en un archivador aledaño. Frente al mostrador puedo ver un ascensor y a su lado unas escaleras que comunican con el piso inferior y superior. Agudizo el oído en busca de algún ruido que delate la presencia de alguien pero solo obtengo silencio.

Sopeso la posibilidad de utilizar el ascensor pero me decido por las escaleras. No quiero que ningún ruido me descubra. Asciendo lentamente y tras unos tensos segundos alcanzo la siguiente planta. Una amplia sala vacía con algunos pilares en su interior. Al fondo y tras una puerta acristalada de doble hoja se aprecia un destello luminoso. Doy un paso adelante y observo que en esta planta existe un pasillo idéntico al de la anterior y tras un rápido vistazo descarto cualquier presencia en él. Avanzo hacia la sala de las columnas y escucho un leve sonido entrecortado que no logro identificar. Amartillo con fuerza el arma y me cercioro de que no me sigue nadie. El sonido continúa reproduciéndose cada cierto tiempo y llego a la conclusión de que procede de la habitación donde se origina la luz. Conforme me voy acercando puedo oírlo con mayor claridad y tras unos metros más lo reconozco. Se trata de un lamento, lo que significa que me aproximo a mi primer objetivo.

Lentamente, abro la puerta acristalada y penetro en el interior de una habitación algo más pequeña que la anterior. Una sencilla bombilla cuelga del techo e ilumina la escena con una luz blanquecina y muy tenue, dando un aspecto irreal al conjunto. En el centro de la habitación, una serie de viejas sillas de distintas formas y alturas están aleatoriamente repartidas. Y algunas de ellas no están vacías. Sentados, en algunos casos, o doblados en dolorosas posturas, en la mayoría, una serie de extraños individuos se inclinan sobre sí mismos en una agónica expresión de dolor. Vestidos con harapos mugrientos, marcados con los signos de una tortura extrema y hediendo a sus propios fluidos corporales, han sucumbido a la peor lacra de este mundo. Han sido condenados a sufrir y ahora reciben su castigo mientras duermen el sueño de los olvidados. Sus manos se aferran a sus miembros con tal fuerza que hace tiempo que quedaron agarrotadas. Sus ojos parecen querer saltar de las órbitas y las bocas se abren con tal intensidad que sus mandíbulas parecen desencajadas. A pesar de lo cual no emiten más que un leve lamento, como si sus pulmones no pudieran llenarse de aire para gritar. Reciben el nombre de Durmientes y este mundo está lleno de ellos. Los he visto miles de veces y jamás me acostumbraré a su presencia. Observo con detenimiento la visión que me ofrecen, a pesar de lo desagradable y horrenda, pues sé que entre ellos hay un impostor.

El Superviviente que busco está aquí, camuflado entre el grupo de desechos que me rodean. Reviso cada detalle, cada elemento, buscando el fallo, el error que lo delate. Comparó sus gestos, cualquier movimiento nervioso, una mirada traicionera, y de repente lo veo. Ya sé cuál es mi hombre. Un pista tan imperceptible que habría pasado desapercibida para la mayoría salvo para mí. Y es que solo uno de ellos tiene gotas de sudor en su frente. No le doy tiempo a reaccionar. Actúo instintivamente y salto sobre él aplicando el Estigma de inmovilización que tenía preparado antes de entrar en la habitación. Golpeo con la palma de mi mano y noto como su cuerpo se bloquea y compacta cayendo al suelo como una pesada piedra. Ninguno de los Durmientes a mi alrededor ha sido consciente de nada.

Ya tengo el cebo para cazar a mi presa. Ahora tan solo queda colocarlo y esperar a que llegue.

... continuará.

Reacciones:

0 comentarios:

Publicar un comentario